Probablemente si has tomado clases de danza o estás familiarizado con el “mundillo”, sobre todo en el ámbito de la danza contemporánea, alguna vez habrás realizado alguna práctica de improvisación, o al menos, habrás escuchado hablar de ella. Y cabe la posibilidad, de que de primeras no te haya convencido mucho, e incluso ya habrás establecido una relación de amor-odio con ella, o quizás aún estés en el punto en el que simplemente la odias y no has encontrado el disfrute en su práctica.
La primera vez que nos presentan la práctica de la improvisación se asemeja a cuando una cría de ave tiene que salir sola del nido por primera vez y literalmente tiene que tirarse al vacío desde las alturas. Nos sentimos solas y abandonadas, sin saber muy bien que hacer, a pesar de llevar un tiempo recibiendo clases. Resulta fácil caer en las inseguridades y sentirse como pez fuera del agua. Por un lado, quieres hacer todos los movimientos o pasos que ya sabes, y por otro, te parece que nada es suficiente. Y sin embargo, desde mi punto de vista, la improvisación se aleja mucho de intentar movernos como ya sabemos, y es más próxima a investigar y probar cosas nuevas, habitar lugares diferentes, desconocidos. Romper con nuestros patrones y buscarnos a nosotros mismos en el movimiento para encontrar un bailarín que aún no conocemos. Pero como quién busca un tesoro, para que esto suceda, necesitamos un mapa.
Es importante como profesor/a o guía de la práctica establecer unas reglas de juego claras, un mapa. Indicaciones para que el bailarín pueda definir el camino hacia el objetivo. Estas indicaciones, o como yo y muchos profesionales las llamamos, pautas y herramientas, pueden marcar cualquier parámetro de movimiento, y serán parte del imaginario individual de cada uno, dejándole cierta libertad a la hora de definir cómo usarlas..
Un ejemplo – Desplazarse de un extremo al otro de la clase con la mayor lentitud posible.
Con esta pauta estamos definiendo un recorrido espacial y una velocidad específicas, dejando libertad en todo el resto de parámetros que podríamos definir. En esta libertad entra la creatividad del bailarín, que centrándose en la norma principal podrá moverse a su voluntad. Entran en juego la toma de decisiones condicionadas por la pauta: el desplazamiento y la lentitud. Y la mente se concentra en esa tarea, desplazarse lentamente, y deja de lado la idea de que no sabe, de que no lo hace bien o de que lo que hace no vale. Y cuando los pensamientos intrusivos se apagan y la mente se predispone a escuchar lo que el cuerpo necesita y desea, aparece el tesoro. Es entonces cuando la relación pasa a ser estable, de cuidado y de cariño con el ejercicio y con uno mismo.
La improvisación la entiendo como un ejercicio de investigación. El bailarín es el científico experto en la materia, el aula de ensayo es su laboratorio y su cuerpo la probeta que contiene la materia a investigar: el movimiento. Lo bonito es que en esta investigación siempre hay posibilidad de mejora, pero por lo general todo es válido. En el momento en el entendemos y aceptamos que no hay error en la improvisación, y que cada cuerpo puede hacer una lectura e interpretación de las pautas en base a su bagaje, improvisar pasa a ser un lugar de juego, de probar cosas y de pasarlo bien contigo mismo y con tu movimiento. Conectar contigo.
Quiero como conclusión, recalcar que la improvisación es una práctica en la que todo es válido y está bien, aunque al principio, lo único que se nos viene a la cabeza son dudas y pensamientos como“ no lo estoy haciendo bien”. Y, a tí, si eres ese alumno/a/e que se encuentra en este momento complicado con la impro, te invito a que le des más oportunidades, y te aseguro que en algún momento acabarás encontrándote bien, respetando y validando tus decisiones. Este proceso es en parte una práctica de amor propio.

